9 de octubre de 2016

Menores prostituidas en las calles para mantenerse y a sus hijos

Una oferta se desliza a lo largo del malecón de Santo Domingo: el placer. Sin embargo, se trata de un placer riesgoso, pues es ofrecido por adolescentes que ofertan su cuerpo en la avenida España.

El caso de una menor como La Chanty muestra que los derechos de ese segmento poblacional están vulnerados.

La Chanty, con apenas 17 años, tiene una niña de tres, cuyo padre la abandonó, por lo que debe dedicarse al placer pagado.

Lleva tres meses en su oficio, gracias a una amiga que la llevó a la avenida España, donde ejerce su trabajo desde la mañana hasta la tarde.

Dice que nunca trabaja de noche, debido a que es muy peligroso.
Sobre esa situación, cuenta, además, que fue atracada por un taxista, quien trató de ahorcarla con las manos y le quitó su celular y su cartera con mil pesos.

Lo que le molesta es el abuso de ese agresor, quien le apuntó con una pistola y hasta trató de matarla. Ella, muy asustada, no tuvo más que vociferar y llamó la atención de un vigilante que trabaja en la zona.

Igualmente, señala que cobra mil pesos en cabaña y entre 700 y 800 en hotel.
No solo menores se prostituyen, sino también mujeres adultas que usan su cuerpo como negocio. 

El objetivo de unas y otras es el mismo: ganarse la vida, mantener a sus familias.
Mujeres adultas también esperan clientes, sentadas en banquitos, frente al mar.
Indican que tienen clientes fijos (o “amigos” como dicen ellas) que procuran sus servicios de placer.

Tal es el caso de una trabajadora sexual que pidió reserva de su nombre, ya que tiene un hijo de 18 años que ignora su oficio.
Lleva 15 años ejerciendo la prostitución y asegura que quiere dejarla.
Sin embargo, no ha podido porque no consigue trabajo.

Otra de sus colegas también afirmó que quiere abandonar el oficio, pero que no ha podido por la falta de oportunidades laborales.
Así lo expresó la conocida como la Morena Caliente (pues ocultó su verdadero nombre), quien empezó la prostitución a los 16 años.

Destaca que ha solicitado empleo en varias empresas y nunca ha podido conseguir uno.
Dice que sus esfuerzos han sido inútiles, por lo que debe prolongar sus 13 años en el oficio, iniciados poco después de parir a su hija.

Llegó voluntariamente al lugar y, al ver la demanda de algunos hombres, permaneció en la actividad.
Cobra entre 200 y 300 pesos por servicio, ya sea en el hotel Tibi-Tabo, a la orilla del mar o en un monte.

Además, resalta que algunos hombres la han encañonado para no pagarle, por lo que abriga un gran temor de ser víctima de una tragedia.
Acota que siempre usa preservativos adquiridos por ella misma o por los clientes, y asegura que sin protección no brinda servicios sexuales.

Una prostituta haitiana también manifestó que sin protección no hay negocio, ya que “la vida es más que todo”.
La Flaca, como se le conoce, lleva tres años en el lugar, obligada para mantener a sus tres hijos de 13, 10 y 9 años.

Vive en Los Mina y devenga entre 800 y 1,000 pesos por servicio. A los extranjeros (principalmente gringos) puede cobrarles hasta 4,000 pesos por jornada.

Anita Flores, de San Juan, no oculta su nombre. Tiene años en el oficio y una clientela fija.
Señala que la demanda procede de hombres casados, solteros, jóvenes y adultos mayores.
Expone que sus hijos creen que ella trabaja en una empresa, pues siempre llega temprano a su casa y comparte con ellos.